La luz
ESTE POEMA ESTÁ DEDICADO A TODAS LAS PERSONAS QUE LUCHAN POR SALIR DEL TENEBROSO POZO DE LA ANOREXIA Y, EN ESPECIAL, A ALGUIEN QUE QUIERO Y QUE LO CONSIGUIÓ.
…He recorrido un largo sendero cuajado de fango y pantanos quietos, abrigado por el oscuro manto de mi amor perdido. Ajé mis vestiduras para devolverlas porque no las quería…porque ya no eran como antes, porque habían perdido a aquella niña…aquél refugio que la naturaleza difuminaba indeleble ante mis ojos.
Disipado, desterrado, enjuiciado y desconocido, mi cuerpo expatriado parecía más soportable y mi alma un poco más liviana, más libre…Alas quería, alas soñaba…alas para olvidar mis huesos que apretaban despacio, para no ceder a esas curvas que se abrían paso, precipicios indomables que esclavizaban mi espejo. Y volar tan alto…volar para soltar alforjas y llantos, para sentir la ligereza de mis pies descalzos, escalando por dentro mil colinas desdibujadas, mientras el mundo se consumía en el letargo de una realidad ajena y desconocida.
Fuera era demasiado hostil, era demasiado grande…una jauría hambrienta y desbocada que no entendía.
Y en el proceso de mi renuncia inconsciente, viraba por dentro, violentamente, consumida por un torbellino de espinosos abismos, esos que te tientan golosos y que no pasan de la garganta. Golpeaba mi frente contra el áspero dolor del cosmos, contra una boca cerrada, contra una talla perfecta, contra esa cara que ni reconocía.
Me aturdía el torpe movimiento de mi corazón confuso, sus latidos cada vez más lentos. Sin alimento, naufragaba en lamentos sin consuelo alguno.
No tenía palabras, no tenía ganas.
Estaba demasiado sola, incomprendida, abandonada.
Me sobraba piel, me sobraba alma.
A mi alrededor contaba con manos ciertas y cálidas para alcanzarme en el desmayo, dedos largos, amigos o enemigos no lo descifraba…Pero me resignaba. Mientras, en aquél rincón desolado de mi mente, donde se me partían los huesos, retenía pudorosa lágrimas taciturnas que apenas alcanzaban mi almohada, agua que inquiría en silencio qué hacía en aquella clínica, clavada en un lecho con la puerta obstruida.
Y la culpa, se acumulaba día tras día atorando mis labios, alejándome del mundo y desterrándome al galimatías de sus bastidores rotos. Confusa, derrengada, pensaba que no podía….aunque luchaba.
Quería llegar al pomo de la puerta, gritar y fundir los hierros invisibles de aquélla prisión injusta. Lejos estaba aquella ventana, inmutable y llena de aire fresco…En la tenue quietud de un sanatorio cualquiera, yacía muriendo para vivir en lo más etéreo y matando mansamente con tanto sufrimiento.
Un paso y después otro, un día mejor, otro peor, a veces una pequeña ilusión que no duraba y más allá un deseo que construía torpemente pero con mis manos. Y busqué al monstruo que había adormecido mi vida, aparté las hojas secas y rancias, y me miré a la cara, a los ojos, a mi misma. Aterrada pero convencida inicié el sendero de regreso a casa.
Desde aquél día, me parece que ha pasado un siglo, o dos, un suspiro, un vacío en el tiempo que ni siquiera entiendo. Congeladas, mutiladas, sufridas, inundadas, vividas esas horas que ya no vuelven y que recuerdan que caí….pero hallé la salida. En la victoria lenta y dolorosa finalmente he logrado penetrar sueños serenos, sonreír sin una razón para hacerlo, aceptar que soy lo mejor que tengo, el único camino para seguir venciendo, aprendiendo, viviendo.
A veces regresa el miedo y siento sus tirantes uñas afilando mi piel adormilada…sólo cuando cierro los ojos, sólo cuando evoco aquél pasaje retorcido….Pero recuerdo que he ganado, que ya no me tientan aquellas promesas yermas ni tan perfectas, que ya no es un cuerpo flaco y frío el que llevo a cuestas, ni que tan cerca tengo los nimbos…He sido un ángel caído con sus plumas rotas, convertido en soberano de un reino fortalecido…Ahora que ya no fluyo a tientas, ahora que me he reconocido.
He sido fuerte.
He sido valiente.
Mi triunfo ondea cada día en éste mirar reluciente, resucitado tras la muerte, resurgido tras ese oscuro y vertiginoso limbo esbozado entre jirones y sin luz. No hay interruptor, no hay linterna.
La luz eres tú.